sábado, 5 de junio de 2010

05/06/2010

He de escribir este cuento de Sławomir Mrożek en mi blog, porque es buenísimo y además muy corto. Me veo obligado por el bien de la humanidad (o por el bien de mis dos seguidores)... Ahí va:

ESO NO SE HACE

Leí en un periódico que por encima de nosotros vuelan satélites. No se ven a simple vista, ni tampoco con prismáticos, ya que vuelan en el cosmos. Pero ellos nos ven a nosotros. Y como si eso fuera poco, fotografían todo lo que hay en la Tierra, y con tanta precisión, que cualquier cosa que no mida menos de medio metro de largo o de ancho sale en la foto con la misma exactitud que si nos la hubiese hecho un primo durante una fiesta de cumpleaños o una boda.

"No hay motivo para preocuparse -pensé-. Mi cara tiene menos de medio metro."

No obstante, empecé a estudiar el asunto. La cara se me puede hinchar a causa de un dolor de muelas o -Dios no lo quiera- porque alguien me la rompa, y entonces saldré en la foto.

Sin embargo, de momento la dentadura no me causaba problemas y nadie se animaba tampoco a pegarme. Pero mi alegría duró poco, pues una mañana, al abrir el periódico, me enteré de que habían perfeccionado los satélites y que ahora ya fotografiaban incluso aquello que medía menos de medio metro y más de treinta centímetros.

"Qué le vamos a hacer -pensé-. Tendré que afeitarme al menos una vez a la semana. Hay cierto riesgo de que en la foto salga horrible."

No me gusta afeitarme, pero tengo mi pundonor, así que empecé a hacerlo una o incluso dos veces a la semana, sobre todo antes de salir de casa.

Pero la prensa no tardó en anunciar que la técnica había dado un paso más y que ya lo fotografiaban todo, independientemente del tamaño. Para estar a la altura de la técnica tuve que afeitarme cada día y comprarme una corbata nueva, lo cual supuso un gasto imprevisto. También me limpiaba los zapatos y, en fin, me veía obligado a ofrecer cada día el aspecto que antes sólo tenía los domingos. Sólo las cuchillas de afeitar y el betún me costaban siete veces más que antes de la era de la técnica.

Cuando presenté mi solicitud de jubilación, me hicieron adjuntar una foto. Pensé: "¿Por qué he de ir a un fotógrafo y gastarme una pasta, si tienen cantidad de fotos mías?" Así que escribí a las Naciones Unidas para que me enviaran una. Creo que me deben al menos una, ¿no?

Pero no hubo respuesta. Esperé, esperé, y nada. Mientras tanto se me acababa el plazo para presentar la solicitud y entonces no me iban a dar la jubilación.

Fui a un fotógrafo, me hizo una foto, le pagué de mi propio bolsillo y presenté la solicitud. Después subí a un tranvía y fui hasta la última parada. Desde allí caminé un buen trecho, hasta que me encontré en medio del campo. Miré a mi alrededor, no había ni un alma, sólo unas vacas, pero estaban lejos. Me bajé los pantalones y saqué el culo en dirección al cielo.

Que sepan lo que pienso de ellos.