miércoles, 3 de noviembre de 2010

¿Por qué pensamos en la muerte?

No me gustan nada esos momentos en los que nuestra mente humana decide empezar a hacernos pensar en la muerte, en qué hay después de ella y en cuál es el sentido de la vida. Ayer por la noche fue uno de esos momentos.

Después de leerme la última escena del teatro que vamos a representar antes de estas vacaciones que tendremos nosotros los estudiantes con la excusa de que hace 2011 años nació un tal Jesús (según algunos) en Belén, ese sitio en el que la gente ignorante y en busca de debate intrascendente se inventa que no nieva, ofendiendo a base de leves insultos molestos a esta gente que pone, como debe hacerse si se quiere representar "el nacimiento de Jesús" adecuadamente, algo que represente la nieve en esa maqueta "realista"(bien hecho, "practicantes", lo ignoráis y no os importa, mas habéis hecho lo correcto y, sí, además, la nieve hace bonito), me vino a la cabeza la muerte.

No voy a reflexionar sobre la muerte ni el sentido de la vida porque duele. Pensad en ello vosotros mismos y sacad vuestras propias conclusiones para quedaros tranquilos con vosotros mismos. Sin embargo, recordad que cuando muramos, según los científicos, no sabremos que hemos muerto, es decir, que si creen en la ciencia en general, la misma que os permite leer esto en un blog ahora mismo, la muerte no os debería preocupar lo más mínimo. Aunque si de lo contrario cree usted en Dios y en todas estas historias que se recogen en La Biblia, entonces, a nos ser que haya pecado sin confesarse, debería incluso estar impaciente por morir, ya que le espera el cielo.

El problema, las dudas y las preguntas teóricamente infinitas ocurren si usted se forma su propia opinión sobre la muerte y el sentido de la vida. Empezará a rascarse el coco, a sentir cierto vacío en el estómago (que también puede tratarse de gases, cosa que no tiene difícil solución, a no ser que crea usted en Dios y acabe de escuchar a su sacerdote lanzar la orden: "Oremos", ya que entonces el silencio es necesario; recuerde que quien nació entre una burra y un buey le está mirando ahora mismo desde una cruz a la que está, literalmente: clavado), cierto aumento de velocidad en la proceso de respiración y la aparición de un gran número de imágenes en su cabeza, tan grande que no podrá usted ni siquiera concentrarse en una...

Pero bueno, no pasa nada. La vida sigue de todos modos, sigue desarrollándose o sigue acabándose, eso será así piense lo que piense, aunque todo en este mundo tiene solución. Estas preguntas, dudas... teóricamente infinitas pueden cesar inmediatamente porque, en la práctica, todo es diferente, y es que siempre puede encender la televisión y ver el partido.

La vida sigue y se puede disfrutar muchísimo.

Ahora, YO voy a seguir viendo el partido...


martes, 2 de noviembre de 2010

Carta al director

Dirigida a: Señor ******, Director del colegio Dallam School (nunca fue enviada en realidad, solo es un texto inventado por mí y totalmente inofensivo).

Señor director, le escribo esta carta con el objetivo de que reflexione un poco más sobre esa norma que a usted (o a cualquier otro miembro del grupo de profesores y trabajadores del colegio) se le ha ocurrido implantar en éstas nuestras instalaciones educativas.

Me parece bien que se nos prohíba comer durante las clases o incluso dentro de cualquier sala del colegio en la que, aunque no haya nadie dando ninguna lección, estaría mal hacerlo (ya que en consecuencia, podríamos ensuciar el ambiente de estudio con la comida en sí o también con su olor, que algunas veces –por muy buena que esté- puede resultar desagradable).

Pero a lo que yo me refiero y lo que me parece excesivo, es prohibir comer fuera de los edificios de la escuela, en la calle, en lo que comúnmente en España llamamos “patio”. Sé que entonces aun nos encontraríamos dentro de la propiedad de esta institución educativa que llamaron Dallam, pero, por el amor de Dios, que es la calle, que lo peor que puede ocurrir es que estemos comiendo un sándwich de pollo, lechuga y tomate, y se nos caiga al suelo un trozo del primero (el pollo), envuelto en una hoja de lechuga para que, más tarde, un pájaro vegetariano se lo coma todo, ignorando lo que hay en el interior de esta fina capa de lechuga. Admito que no tengo ni idea del número de pájaros vegetarianos que vuelan por Milnthorpe, ni me importa.

Pero bueno, lo que yo querría que hiciese usted por mí, es quitar esa norma algo ilógica y carente de motivos, porque algunos días hay en los que nosotros sus alumnos, tenemos reuniones y charlas con los profesores, por lo que no podemos comer durante el periodo de tiempo en el que el comedor está abierto. Probablemente solo nos queden 5 minutos para comer, los cuales no son suficientes para irnos fuera del colegio, comer, y volver. Entonces tenemos dos opciones: la primera, no comer; y la segunda, comer y sobrevivir.

Gracias, Jaime Monfort Miralles.

P.D. Si lo que realmente le preocupa es el tema de los pájaros vegetarianos, no haga caso a esta carta y, lo siento.